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Mi madre me llevó a ver cuadros y no creerás lo que pasó a continuación

Tenía unos seis años y un sábado mi madre me llevó a ver el arte que rondaba el Castillo de Chapultepec; las obras comenzaban su majestuosidad desde la altura de mi cabeza, acaso, y a mí me dolía. 
Me dolía que me aburrieran tanto los caballitos, porque, de seguro, eran caballitos, blancos, montados por unos europeos, y el paisaje, con horizonte, como mi sufrimiento; además me dolía el cuello de tanto mirar hacia arriba.
 Pese a todo, entendía: se debía estar más o menos un rato considerable frente a la obra y quedarse callado, meditabundo; o hablar en voz alta si tenías algo interesantillo qué contar sobre ella. 
Hace unas semanas, fui al Carrillo Gil a ver Xul Solar. Panactivista. Un argentino vanguardista. Me hubiera encantado ver esto a los seis años, mamá. A veces las madres no tienen la menor idea, pero tienen buenas intenciones y la de ella era acercarme al tan basto mundo del arte.
 Sin embargo, asistí, también por inclinación de ella, a alguno que otro taller. De ahí era. Porque, aunque fuera tímida y me costara este y el otro ovario, siempre había una salida por lenguaje visual-plástico; podía, entonces hablar con el otro, presentarme, exhibirme detrás de un proceso que yo había agarrado y formado a mi antojo. Ser yo sin ser yo. Platicar así. Cada pieza te enseña otro horizonte y en ese horizonte es la suma de todos los anteriores. 
Me gusta platicar, me gusta plasticar y tener que hablar de mi plástica; me gusta la incomodidad en la que me someto para llevar una idea a otro porque lo que realmente me gusta es confrontar. 

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